
Por: Juan Torres Lozano.
Y se marchó…Más allá del facilismo que representa iniciar esta columna con una broma tan
utilizada en nuestro país en el último tiempo, lo concreto es que esta semana que termina
nos entregó la destitución de la exsenadora Isabel Allende.
La razón de la destitución: vulnerar gravemente la Constitución Política de la
República, la cual en su artículo 60 prohíbe a los parlamentarios en ejercicio contratar con
el Estado de Chile.
¿Qué hizo la senadora destituida? Vendió una propiedad familiar al Estado de Chile,
en virtud de lo cual no cabía otra cosa más que la destitución.
¿Qué explica lo acontecido con la exsenadora Allende?
Dos hipótesis posibles, cualquiera de las dos igualmente nefastas.
La primera, que la exsenadora no conocía la Constitución que juró y/o prometió
respetar fielmente y sobre la cual ejerció una labor parlamentaria por más de 30 años.
La segunda, que la exsenadora, actuando de mala fe, pretendió lucrar —palabra
satanizada por el sector político que ella representa— con un inmueble que no podía ni
debía vender al Estado de Chile.
Los efectos que la destitución de la exsenadora Allende traerá al escenario político
nacional son aún desconocidos.
Para inferir lo anterior, solo basta analizar cuál es la responsabilidad que le cabe al
Presidente de la República en la concreción de un acto que ha sido declarado
formalmente inconstitucional. Recordar para lo anterior que el decreto que ordena y
autoriza la compra del señalado inmueble lleva la firma del presidente Boric.
Está claro que José Luis Perales no estaba pensando en este tipo de banalidades
cuando compuso la hermosa canción parafraseada para titular esta humilde columna,
pero sin duda resulta muy útil para despedir a la exsenadora Allende… “y se marchó”.
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